Al final de cada día nos inclinamos frente a
todas las formas del mar, damos gracias
por nuestro sino de navegantes y por el
derrotero de la jornada cumplida y pedimos
al cielo por los buenos vientos de la próxima.
Fijamos otro rumbo mas hondo y anotamos
en la bitácora del sueño la fortuna o
la desdicha con las que deriva el deseo en
el agua de la noche. Algo propio y leve
flota sin certezas sobre todo lo que en el
mundo fluye. Una nave liviana en un tiempo
de turbulencias pasa dejando una estela
que brilla, y el corazón, enamorado y rojo,
es su piloto de tormentas. Hay un texto
fragmentado del acontecer y una conciencia
sin peso que la atraviesa y lo transforma.
Y en el silencio, ese océano mayor, todo
lo que canta
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario